El régimen que representa Nicolás Maduro se ha evidenciado como una dictadura de hambre, violencia y empobrecimiento. Los venezolanos debemos enfrentarla para garantizarnos un futuro posible, recuperando nuestros derechos democráticos. Dos son las acciones que podemos activar en este sentido: reconocer y visibilizar las divisiones que se están produciendo dentro del poder y generar un esfuerzo sin descanso de manifestación y protesta civil en las calles.

Dentro de la estructura de poder se están produciendo fracturas que señalan como algunos grupos e individuos que lo integran no están dispuestos a seguir apoyando las acciones y políticas dictatoriales que en contra de los venezolanos está llevando a cabo este régimen dictatorial. En días pasados se vivió una expresión significativa de esto, con el pronunciamiento, emitido por la Fiscal General Ortega Díaz, en contra de las sentencias del TSJ que anulaban a la Asamblea Nacional y revocaban la inmunidad parlamentaria. Díaz ha sido una de las pocas funcionarias de alto cargo que ha expresado públicamente su cuestionamiento a iniciativas del régimen como las OLP. Su despacho ha evitado procesar algunas de las acusaciones más atroces de persecución política, por su evidente ilegalidad y falta de debido proceso.

Más allá de las diferencias políticas e ideológicas que podamos tener con la Fiscal, debemos reconocer coincidencias en la defensa de aspectos fundamentales de la constitucionalidad democrática y de principios básicos de los derechos humanos. Con igual importancia se debe visibilizar y promover el hacer públicos estos pronunciamientos, que cuestionan las formas totalitarias del régimen. Al contrario de la actitud diametralmente opuesta que demostró, por ejemplo, Tarek Willian Saab, a cargo de La Defensoría del Pueblo, al permitir la actuación de “colectivos” violentos frente a esta institución y emitir posteriormente declaraciones ambiguas al respecto de la salvaje golpiza a la que fue sometido el diputado Requesens.

Debemos hacer énfasis que en estos momentos todos los venezolanos vivimos bajo un régimen que intimida, apresa, violenta y empobrece. Más allá de cualquier diferencia, seamos de una tendencia u otra, sufrimos de igual manera los desmanes dictatoriales del madurismo. Debemos reconocernos y unirnos en nuestras necesidades y humanidad. Es una acción prioritaria generar el cuestionamiento y la toma de conciencia dentro del poder, para que cada vez más sectores internos dentro de este reconozcan la deriva autoritaria y se rebelen en su contra.

En nuestra participación en las marchas de protesta que se han venido sucediendo a lo largo de estos días, nos hemos enfrentado al aparato represivo dictatorial. Nuestra actitud, y la de muchos presentes, frente a los piquetes de la policía y de la Guardia, ha sido la de cuestionar a los efectivos y llamarlos a que tomen conciencia de que ellos, jóvenes como nosotros, venezolanos como nosotros, que sufren el hambre, la violencia y el empobrecimiento que genera la dictadura, están reprimiendo a quienes podrían ser sus hermanos, madres o hijos. Su misma gente que está manifestándose por los derechos y el futuro de todos.

Las manifestaciones están siendo una muestra de la tenacidad, inteligencia y grado de participación hacia la que debe apuntar una estrategia continua y sostenida de protesta. Nos enfrentamos a un régimen que ha pasado del discurso a una política real de muerte, violencia y represión. Muchos de sus voceros más prominentes, como Aristóbulo Isturis, Diosdado Cabello o Freddy Bernal han llamado frontalmente a acciones de guerra, a la participación de grupos armados paralegales y al odio fratricida, en repuesta al reclamo civilista de derechos democráticos por parte de los venezolanos. Debe generarse tanto una participación constante y masiva, organizada para el traslado y acompañamiento, como el establecimiento de redes de apoyo logísticas, legales e incluso médicas. Esto articulará el esfuerzo de una protesta con objetivos como el apoyo a cambios políticos y sociales, el visibilizar la naturaleza dictatorial del régimen y la concientización de todos los sectores de la vida nacional.

No será fácil. Debemos enfrentarnos al miedo, apelar a nuestro coraje y constancia, asumiendo, con conciencia y claridad, riesgos en medio de un peligro real. El momento nos lo está exigiendo. En la manifestación del 4 de abril fuimos acompañados por mi tío abuelo Eduardo Guinand, gran luchador por la democracia. A pesar de sus ochenta años se sumó a la marcha y fue impactado gravemente en el ojo por una bomba lacrimógena. Cuando lo contactamos en la clínica donde atendían la herida, estas fueron sus palabras: “Estoy golpeado en lo físico pero no en lo espiritual. Espero que si esto sirve de algo, sea para seguir inspirando a todos a movilizarnos por la democracia”. El mensaje de una generación a otra que, en distintos momentos del país, nos habla de defender nuestra esencia verdadera de democracia y humanidad.

Escribimos estas líneas el 10 de abril, mientras continúan las manifestaciones y arrecia la arremetida violenta de la dictadura madurista, no solo a través de cuerpos de represión sino también de grupos de choque ilegales. En la noche del 6 de abril, Jairo Ortiz, de 19 años, ha sido asesinado durante protestas en los altos mirandinos. Una muerte que, como tantas, es producto de este régimen de hambre y violencia. Los venezolanos no somos indiferentes ante nuestra realidad: debemos generar una toma de conciencia y continuar manifestando para detener esta dictadura.