Recuperaremos nuestra soberanía defendiendo y participando en el rescate de las instituciones que el régimen ha pervertido o secuestrado para oprimirnos.
La palabra soberanía ha sido usada con reiteración por el régimen, en los momentos en que se agudiza la crisis y se afianza su talante dictatorial. Cuando niega o desmiente la profundidad del drama del hambre en el país, habla de una supuesta soberanía alimentaria, que dice promover y que ha sido agredida por la guerra económica. Cuando, en su deriva autoritaria, es sometido al rechazo y sanciones por gran parte de la comunidad internacional, se defiende arguyendo que se trata de ataques infundados e intentos de intromisión extranjera sobre la soberanía nacional. Y quizá uno de los argumentos más viles que ha utilizado en estos últimos 4 meses, ha sido el de justificar la violación sostenida de derechos humanos como una acción del Estado en contra de fuerzas desestabilizadoras, en defensa del pueblo venezolano, del soberano, al que dice representar y que, por el contrario, agrede a todo nivel.

El concepto de soberanía ha evolucionado desde sus inicios para definir la prevalencia del poder monárquico por encima de poderes eclesiásticos o de otro tipo, hasta la concepción moderna republicana, a partir de la revolución francesa, en la que el poder reside en el pueblo y este lo ejerce a través una serie de órganos del Estado que lo representan. En los principios fundamentales de nuestra constitución se establece de esta manera, y los órganos representativos se inscriben en los diferentes poderes públicos: legislativo, ejecutivo, judicial, ciudadano o moral, y electoral.

Pero los venezolanos hemos reconocido como la soberanía y su ejercicio se han ido erosionando en los distintos estratos de la vida del país. Primero por la presidencia excesivamente personalista de Hugo Chávez y luego, y de manera acelerada, por la claramente dictatorial de Nicolás Maduro y el grupo al que representa.

Es clara la injerencia del régimen castrista en las decisiones políticas y en el modelo de ejercicio de poder, y su presencia en sectores tan delicados como el militar. También hemos vivido la imposición de órganos como el TSJ y, de una forma grotesca e ilegal, el de la fraudulenta Asamblea Constituyente. Han sido generadas sin la aprobación del pueblo (o sus representantes elegidos como la Asamblea Nacional) y se han auto promovido derechos y atribuciones supraconstitucionales. Incluso, en el caso de los grupos paramilitares afectos al gobierno, se han impuesto por medios violentos en comunidades enteras.

En nuestra Constitución, el instrumento primario de soberanía de todo país, están consagrados derechos políticos, económicos y sociales que han sido negados por un régimen que ni desea ni está en capacidad de garantizarlos, preocupado únicamente por mantenerse en el poder. Esto ha causado enormes distorsiones económicas, crisis sociales y políticas, hambre, violencia y conflictividad. Nuestra tragedia a nivel intencional se traduce en preocupación, con percepciones tan negativas como el de ser un posible factor de desestabilización regional. Más grave aún, la deriva dictatorial de quienes hoy detentan el poder pone a todo el país en peligro de sanciones o intervenciones de más fuerza, con las terribles consecuencias que esto representa para nuestra población.

En estos momentos es importante reflexionar sobre la soberanía, no desde los nacionalismos extremos y patriotismos vacíos que de manera tan hipócrita utiliza el régimen. Podemos hacerlo desde la conciencia de lo que somos y aspiramos, desde la responsabilidad frente a nuestros problemas y necesidades comunes, y desde la capacidad -desde el poder- que tenemos para lograr cambios y transformaciones.

Los tiempos que atravesamos son de enorme esfuerzo, constancia e imaginación para afrontar la crisis y recuperar la democracia, frente a un Estado hostil que busca oprimirnos y quebrantarnos. Mi experiencia en el trabajo por la convivencia en el Municipio Libertador, señala la importancia fundamental de la participación y organización, articulando fuerzas locales y externas (vecinos, organizaciones sociales y políticas, liderazgos, comunidades, entes privados, voluntariado, gremios ) en un trabajo de base para aliviar graves problemas y generar condiciones de cambio continuas y duraderas. De esta manera también se ejerce y se manifiesta ese “poder que reside en el Pueblo”.

Recuperaremos nuestra soberanía defendiendo y participando en el rescate de las instituciones que el régimen ha pervertido o secuestrado para oprimirnos. Pero también debemos replanteárnosla en las maneras en las que podemos involucrarnos en lo individual y lo colectivo en los problemas y asuntos que nos afectan a todos, y que la crisis histórica que sacude al país ha evidenciado tan dolorosamente. En asumir ese proceso de empoderamiento y ejercerlo de manera constructiva y solidaria, estará la vía para que como personas, como sociedad, como país, seamos en verdad soberanos.