La instauración del Comando Anti Golpe presidido por Tarek El Aissami a comienzos de este año se suma al cierre, por parte del régimen madurista, de las salidas constitucionales del RR y las elecciones de gobernadores, postergadas indefinidamente. En paralelo, en esos mismos días, se realizan ejercicios militares, con el supuesto objetivo de demostrar el poderío bélico venezolano contra la posibilidad irracional de una invasión extranjera.

Son eventos que señalan la escalada totalitaria del régimen madurista: primero criminalizando toda disidencia política, con la creación de una narrativa fraudulenta donde el disenso y las opiniones distintas son consideradas actos de traición para ser reprimidos brutalmente. Y segundo, normalizando progresivamente la militarización de la vida nacional.

Recordemos que el año pasado, por nombrar tan sólo dos hechos, el general Padrino López asumió la comandancia de la Gran Misión Abastecimiento Soberano y Seguro, y se activaron las OLP, donde fuerzas del ejército intervienen directamente en la lucha contra el hampa. La crisis alimentaria se ha recrudecido y los índices de la inseguridad y violencia han continuado creciendo, ahora también junto al número de violaciones a los derechos humanos.

No son coincidencia las escaladas represivas y de militarización. Se suman a una política de censura de medios y al aumento desproporcionado de la propaganda gubernamental, así como a la imposición de medidas económicas, irresponsables y dañinas, como el desastroso retiro de billetes de cien.

Estos y otros hechos responden a las intenciones de instaurar un Estado Malandro en el país, y perpetuar una cultura de la violencia que viene desintegrando a nuestra nación. Una cultura de la violencia en la que un grupo detenta el poder por la fuerza, buscando someter al resto de las personas, culpabilizándolas, incluso, en su condición de víctimas.

Este es el estado de las cosas: los venezolanos estamos frente a una dictadura de facto.

Esta realidad se da en medio de la actual crisis, a la que sobrevivimos con grandes dificultades, y que es aprovechada despiadadamente por el régimen madurista, que la estimula y utiliza para mantenerse en el poder. Son claras sus intenciones de establecer un gobierno dictatorial, con un discurso de amenazas ficticias y enemigos inexistentes y ya sin maquillaje democrático. Al régimen no le importa el carecer de apoyo popular. Su único apoyo está en la fuerza y la violencia con los que, como una banda armada que azota a un barrio, busca doblegar y empobrecer al país.

Los venezolanos debemos reconocer esta ineludible realidad. Iniciar el trabajo, difícil y necesario, de articularnos no solo como una mayoría que adversa a un régimen y sus políticas nocivas, sino como conjunto de diversidades sociales que debe relacionarse entre sí, para abordar la emergencia nacional, rescatar las vías democráticas y materializar un proyecto de país alternativo al totalitarismo madurista. El liderazgo político debe engranarse con las personas, apoyar y colaborar, con urgencia, en esta colosal tarea.

Debemos encontrar formas de organización entre las distintas fuerzas que nos componen. Generar maneras de participación activas y diversas. Reconocer la fuerza de nuestras acciones en lo local y lo inmediato para ser replicadas y reproducidas.

Estos objetivos no son imposibles o utópicos. En nuestro país diversas organizaciones y liderazgos ya vienen trabajando y dando frutos al respecto en las comunidades. Con gran esfuerzo alcanzan sus logros y nos brindan posibilidades reales para transformar la realidad, por muy adversa y hostil que esta pueda presentarse.

Asumamos la responsabilidad frente a nuestra situación y tomemos consciencia, como demócratas, de que nos enfrentamos a una dictadura. Nuestra primera resolución, nuestra primera victoria sobre ella, será no ceder al miedo, la violencia y la anomia a la que esta busca llevarnos y encontrarnos todos para oponerla.