En nuestro artículo anterior hablamos acerca de las maneras menos evidentes, pero de impacto relevante, en las que la crisis estaba afectando a los venezolanos. Las consecuencias que ésta tiene sobre aspectos de nuestra conducta, desarrollo, relaciones interpersonales y familiares, deben ser abordadas con premura y responsabilidad para evitar sus efectos negativos no solo en lo inmediato sino a futuro. Creemos pertinente seguir ahondando en este tema, ahora en lo relativo a la tragedia de la violencia en nuestro país.

Son reconocidos por todos los altos índices que, al respecto, Venezuela ha alcanzado en los últimos años. El Observatorio Venezolano de Violencia estipuló que la tasa de homicidios en el país había aumentado un 1, 8 % en 2016, cerrando ese año con una cifra de más de 28 mil muertes, lo que sitúa a nuestro país como la segunda nación más violenta del mundo, por debajo de El Salvador.

Debemos considerar que las víctimas de esta tragedia no son solo aquellas que mueren directamente por consecuencia de ésta, sino también sus familiares, allegados, así como las comunidades en donde estos terribles hechos se producen. Una serie de dinámicas familiares y sociales son truncadas por la violencia, sin ser atendidas, o a veces siquiera reconocidas, por organismos e instituciones estatales encargados. ¿Cómo afectan estas muertes a los niños y jóvenes? ¿Qué atención, psicológica, legal o incluso económica, reciben los familiares de las víctimas? ¿Cómo responden las comunidades en las que se producen estos hechos? ¿Cómo es percibido este problema y sus afectados por los distintos sectores de la sociedad?

En nuestra actividad con el movimiento Caracas Mi Convive en el Municipio Libertador hemos trabajado sobre la prevención y transformación de la violencia en diferentes comunidades. Hemos visto los efectos de esta y las maneras en que se reproduce, comportándose y funcionando de forma parecida a una enfermedad viral. En ese sentido, uno de los hallazgos más significativos que encontramos fue el de reconocer cómo la venganza y la retaliación son un factor fundamental en la reproducción del hecho violento. Uno de cada 4 asesinatos se produce por esta causa y no es fortuito que, en paralelo, otra manifestación similar haya venido escalando en muchas comunidades del país: los linchamientos. La fundación Insight Crime, dedicada al estudio del crimen organizado en Latinoamérica y el Caribe, establece que para septiembre de 2016 se habían producido en ese año 65 linchamientos en nuestro país. Esta cifra contrasta dramáticamente con la de 10 linchamientos registrados en 2015, según cifras del Ministerio de Interior, Justicia y Paz. Estos hechos llaman a la reflexión tanto en el reconocimiento y denuncia de las fallas crónicas de los mecanismos de justicia del Estado y la alarmante impunidad que se registra en el país. Pero también, y con igual importancia, sobre la atención que debemos prestarle a los efectos psicológicos y las secuelas emocionales que dejan en las personas y comunidades involucradas, que quedan marcadas por ello.

En este sentido también es prioritario reconocer como la violencia está afectando a uno de los grupos más sensibles y prioritarios de nuestra sociedad: los niños y jóvenes. No sólo como víctimas directas (cifras aportadas por CECODAP registran para 2016, los homicidios de 1.150 menores, entre niños y adolescentes), sino también como víctimas colaterales e, incluso e igualmente alarmante, victimarios. En días recientes causó conmoción el asesinato a golpes, por un grupo de sus compañeras de clases, de la estudiante de 18 años Michelle Longa. El hecho sacó a la luz el problema de la violencia escolar, generando alarma acerca las herramientas que los niños y jóvenes están utilizando para solucionar problemas y abordar situaciones de conflicto. Otro hecho que también ha sacudido a la opinión pública fue el del asesinato a puñaladas, la semana anterior, de dos efectivos de la Guardia Nacional en Sabana Grande, a manos de un niño de 10 años y una adolescente de 15, pertenecientes a una banda de muchachos que operaba en la zona. Saca a la luz, de manera cruda y descarnada, las profundas y terribles ramificaciones que se están dando a causa de un entorno generalizado de violencia, la falta de políticas sociales adecuadas y los fallos en las dinámicas familiares que se vienen desarrollando en nuestro país.

Debemos señalar el papel determinante que el Estado tiene en este problema. Ya no desde los fallos y problemas crónicos que sobre el tema de la violencia y la prevención de la misma se han venido sucediendo a lo largo de décadas, sino desde la forma de ejercer el poder que el actual régimen de Nicolás Maduro ha acentuado a niveles irresponsables con respecto a su predecesor, Hugo Chávez. El Estado se ha convertido en el primer factor de tolerancia y estímulo a la violencia en el país. Niega en la mayoría de los casos la existencia y consecuencias de este problema y ha impulsado la violencia como una herramienta válida protagónica en lo político y social.

En lo relativo a la violencia criminal, la represión y el uso de la fuerza sin restricciones por parte del Estado han recrudecido el problema a niveles similares al de una nación en guerra. Recordemos los desmanes y violaciones a los DDHH que se han venido sucediendo en la implementación de las OLP, por ejemplo. El uso de máscaras de calaveras por sus funcionarios ha revelado paradójicamente la verdadera intención de amenaza, muerte e intimidación de esta iniciativa tan equivocada como destructiva. Llama la atención las expresiones de apoyo de algunas personas sobre las OLP y sus métodos, evidenciando prejuicios e ideas preconcebidas no solo frente al problema de la violencia sino también sobre aquellos afectados e involucrados en ella. Habla de los muchos estereotipos y nociones erradas que se manejan en nuestra sociedad al respecto.

Revertir los efectos de la violencia, en sus repercusiones tanto directas como indirectas, reconociéndola y abordándola en toda su dimensión y complejidad, son retos de nuestra sociedad. Debemos enfrentarla haciendo conciencia como individuos y comunidad, con franqueza, responsabilidad y sin prejuicios.