I.

Llegamos al Cementerio General del Sur en la tarde del miércoles pasado. Los conductores de los mototaxis que nos han traído nos advierten que no se quedarán a esperarnos. Dicen que la zona es muy insegura y debemos tener cuidado con los malandros. Nuestro grupo avanza al sitio del entierro pasando por numerosas tumbas profanadas. La maleza devora amplias partes del cementerio.

Según la ley, los servicios tienen un costo de seis mil bolívares, pero los encargados cobran “por fuera” Bs. 180.000. Entre muchos, como ha sido la constante en este terrible proceso, contribuimos a pagar la suma. Familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo nos reunimos en la parcela acompañando y apoyando a Yorleth. La muchacha se enfrenta a la peor pesadilla de una madre: enterrar a un hijo. En este caso se trata de Luisana, su segunda niña y mi ahijada, fallecida a apenas 21 días de haber llegado al mundo.

Escucho los llantos y las lamentaciones. El dolor imposible de Yorleth, en medio de este camposanto vandalizado y amenazante. La indignación de estar viviendo semejante tragedia en medio de esta enorme devastación.

II.

Yorleth participa con nosotros en las actividades de Alimenta la Solidaridad. Nuestra relación es de respeto, reconocimiento y cariño. Cuando supo que estaba encinta me pidió ser el padrino de su hija. Es una madre responsable que llevó con cuidado todo su embarazo.

En el hospital donde hacía el control de Luisana dejaron abandonado a un recién nacido y Yorleth le dio la mitad de los pañales de un paquete que le regalé para la bebé. Me contó, afectada, que cuando fue a llevarlos ya habían dejado a otro niño más.

III.

El sábado, Luisana comenzó a toser y se puso morada. En la semana había sido diagnosticada con una rinitis, pero Yorleth entendió que esto era más grave y estuvo toda la noche cuadrando un transporte para llevarla al médico. No pudo: o los vehículos disponibles estaban accidentados y sin repuestos o no conseguía a nadie que fuera a buscarla a esa hora de la noche, por miedo a la inseguridad imperante en Caracas.

Por fin consiguió movilizarse el domingo. Pasó por el Pérez Carreño, el Materno Infantil de Caricuao, El Algodonal, el Elías Toro y el J. M. de los Ríos. En todos le dijeron que no había cupo ni medicamentos en las áreas de neonatal. Por fin logró ingresar a la bebé en el Materno Infantil “Hugo Chávez” de El Valle, a condición de que se encargara ella misma de buscar las medicinas. Allí hicieron un primer diagnóstico: Luisana sufría de un tipo de infección pulmonar, que luego se precisó como Coqueluchoide complicada con neumonía.

Durante el domingo, pudimos articular a Yorleth con la organización Red Solidaria y así logró conseguir los antibióticos y otras medicinas necesarias para el tratamiento. En el Materno Infantil sólo podía ver a Luisana cada tres horas, ya que no se le permitía estar con la niña en neonatal. Habló con la doctora encargada y con las enfermeras. Familia y algunas amigas vinieron a prestarle apoyo y compañía.

En la mañana del lunes la doctora le comunicó que la tos había mermado y Luisana estaba respondiendo bien al tratamiento. La doctora terminaba su turno y a partir de ese momento el caso lo llevaría otro médico, al que Yorleth nunca vio personalmente, teniendo contacto con él a través de las enfermeras. A las 6 de la tarde le retiraron la vía a Luisana y cuando Yorleth la volvió a ver a las nueve de la noche aún no se la habían repuesto. Las enfermeras le comunicaron que el doctor iba a hacer una punción lumbar para descartar meningitis y más tarde le dijeron que el resultado había sido negativo.

A las doce de la noche, cuando Yorleth fue a ver de nuevo a Luisana, la enfermera fue a buscarla y le dijo: “Tu hija murió”.

IV.

Ninguno podíamos creer que la bebé había muerto y todos apoyaban a Yorleth para intentar procesar aquella situación dolorosa e increíble. El martes recolectamos entre varios el dinero para pagar el velorio y el sepelio de Luisana. En la funeraria nos informaron que no podían retirar el cuerpo de la niña de la morgue porque faltaba el sello del médico en el acta de defunción. Junto con Alexander Campos acompañamos a Yorleth al Materno Infantil Hugo Chávez Frías. El trámite debía hacerse en un espacio sin muebles, en la que otras madres esperaban sentadas en el piso a que las atendieran.

Una devastada Yorleth exigió nuevamente hablar con el médico. Continuaba sin saber cuál había sido la causa de la muerte de su hija ya que en el acta médica constaba como “paro cardio respiratorio” pero en la autopsia se atribuía a una “desnutrición aguda”. Esto último no tenía sentido: Luisana nació pesando 3 kilos y 200 gramos y había llegado al Materno Infantil con 4 kilos doscientos.

Aunque logramos sellar el documento, no pudimos entrevistarnos con el médico. Yorleth, incluso, fue a la CICPC de El Paraíso a poner una denuncia que no ha prosperado. Los funcionarios le dijeron que no podían ir a interrogar al doctor ese día porque no tenían una patrulla para desplazarse hacia el centro asistencial.

Al dolor, la pérdida y el shock, se suman un sinfín de preguntas: ¿Qué pasó entre las nueve y las doce en la que no se le comunicó a Yorleth el estado de su hija? ¿Por qué empeoró si la mañana del lunes parecía estar evolucionando bien, según las afirmaciones de la doctora? ¿Qué síntomas estaba exhibiendo la bebé para que se le hiciera una punción y descartar meningitis? ¿Por qué difiere el acta médica de la autopsia? ¿Y por qué el médico se niega a hablar con Yorleth y explicarle sencillamente lo sucedido?

V.

Al lado de Yorleth, en el entierro, no puedo evitar el sentimiento de incredulidad y dolor. Jamás podría haber imaginado esta situación de enterrar a una ahijada que no ha cumplido ni un mes de vida, en medio de este paisaje dantesco, de esta realidad tan extrema y desesperada.

Todos, pero en especial los sectores más vulnerables de la sociedad, estamos complemente abandonados por el Estado y sus instituciones. Pienso en el viacrucis de Yorleth: Cuatro días, en los que su emergencia no ha podido contar con medios de transporte y una asistencia médica adecuados, acosada a cada paso por una brutal crisis económica y un contexto de inseguridad e impunidad totalmente desproporcionados. Con funcionarios tomados por la anomia o superados por la situación.

Este país, que se le ha ido de las manos al régimen, subsiste a duras penas gracias una red de solidaridad que se ha convertido en un invaluable sostén de vida. La desgracia terrible de la muerte de Luisana sólo ha podido sobrellevarse con el apoyo de familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, organizaciones sociales, que con escasos medios han respaldado a Yorleth desde la solidaridad y la empatía.

Ella me pide escribir su relato y darlo a conocer. Yorleth quiere denunciar su caso, no sólo para buscar culpables sino para saber qué pasó y darle un mínimo sentido a esta inmensa tragedia. Nada puede consolar una pérdida de esta naturaleza, pero hay un alivio en conocer la verdad de lo sucedido. ¿Cómo negarle al menos eso a una madre que ha perdido a su hijo?

Su reclamo es ahora también el mío. Hagámoslo el de todos, para que la muerte de Luisana no sea otra muerte sin sentido.