Con la imposición de la constituyente el madurismo busca generar un marco legal para su régimen de dictadura, que encadene Venezuela a su modelo de hambre, violencia y empobrecimiento. Irresponsablemente, la jugada lleva al país a una escalada de enfrentamiento violento. Esta situación exige de los venezolanos el enorme esfuerzo de enfrentar una violencia que viene desde el propio Estado. También, el impedir que esta violencia se expanda y se desborde, afectándonos a todos y generando condiciones para el mantenimiento del régimen en el poder.

Esta violencia se materializa no solo en una brutal represión, que ha cobrado la vida de más de 50 personas desde el inicio de las protestas a comienzos de abril y ha herido a miles y encarcelado ilegalmente a cientos más. Está presente en la actuación de grupos paramilitares, que el gobierno ha ejecutado en complicidad con la GNB y PNB, sembrando el terror no solo en las marchas sino también en comunidades y poblaciones de todo el país. El régimen genera focos de anarquía, saqueo y hostigamiento en comunidades, en los que se estimula la presencia de la criminalidad, como los sucedidos en El Valle.

Bajo un discurso falso y grotesco, que justifica estos desmanes como la defensa de logros sociales frente a enemigos y conspiraciones, esta violencia también es aplicada de forma menos evidente en diversos sectores sociales. Utilizando necesidades básicas de alimentación o seguridad personal como herramientas de sometimiento y chantaje en operativos como los CLAPs, por ejemplo, que condicionan la entrega de comida a la imposición de lealtades. Otros como las OLP vulneran derechos humanos y llegan a la ejecución sumaria y la tortura, convirtiendo en verdaderas zonas de guerra a comunidades enteras y criminalizando a las víctimas. Metodología, por cierto, que el gobierno ha reproducido de forma casi idéntica con la protesta y los manifestantes desarmados, a quienes estigmatiza como “terroristas” o “grupos insurgentes”.

Violencia también constituye el bloqueo informativo y la presión a los medios que el gobierno ha venido aumentando, pretendiendo invisibilizar el descontento popular y ocultar su ya evidente condición de dictadura.

Derrotar esta violencia, en todas sus expresiones, es derrotar a la dictadura a la que defiende y representa.

Un primer paso en este sentido es el logro de una participación activa de todos en la protesta, con la conciencia de la diversidad que conforma al inmenso país que actualmente está repudiando a la dictadura. Más del 80% de los venezolanos se oponen al régimen de Nicolás Maduro y esta indiscutible mayoría reúne a diferentes sectores de la sociedad que se ven afectados en todos los niveles por el modelo fallido y destructor del gobierno. Si bien todos padecen los rigores de la crisis alimentaria y de medicamentos, de la violencia del Estado y criminal, de la crisis económica e inflacionaria, cada grupo tiene características y puntos de vista particulares, y experimentan la misma tragedia desde ámbitos y experiencias propias.

Es un 80% en el que conviven comunidades populares y clase media, sectores empresariales, gremios, partidos políticos, medios de comunicación, sectores del chavismo traicionados, miembros disidentes del Estado y las fuerzas armadas y policiales, y un larguísimo e importante etcétera. El reconocimiento de esta diversidad en el marco del respeto, la tolerancia y la empatía, posibilitarán el encuentro de puntos en común y necesidades coincidentes, para generar acuerdos y maneras de organización; es allí donde reside una gran alianza de amplia base que permita detener a la dictadura de Nicolás Maduro.

La cohesión de esta inmensa fuerza es necesaria, además, para el enorme reto de reconstrucción del país que esta generación de venezolanos debe enfrentar. La vuelta a la democracia es sólo el primer paso para el inicio de un proyecto de salida a la crisis y desarrollo que sólo puede ser exitoso con la participación efectiva de todos.

La protesta en las calles, se sucede en cada vez más lugares de Venezuela. Individuos y grupos están produciendo nuevas formas de manifestación y reclamo. El momento actual nos pide entonces encuentro y cohesión de todas estas diferentes fuerzas sociales que hacen vida en el país, para enfrentar la violencia que la dictadura escala con la constituyente en pos de mantenerse en el poder. La fuerza de la resistencia debe sumar al hecho innegable de ser mayoría, el establecimiento de uniones y alianzas efectivas y articuladas entre quienes la conforman.

El logro de esta condición representa el establecimiento de fuerza nacional imparable con la que imponernos a la dictadura y recuperar al país.