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Los venezolanos vivimos un presente de colapso y caos en el que graves emergencias como las del hambre, la inseguridad, la salud o la hiperinflación conmueven la vida nacional y sacuden nuestros espacios más personales. Esto ha llegado a niveles inéditos por la acción del actual régimen dictatorial. Como ningún otro gobierno en nuestra historia, impone un modelo destructivo y empobrecedor, fomentando y aprovechando la crisis para mantenerse en el poder.

La política oficial de colapso y caos generada, produce situaciones extremas que desintegran principios básicos de convivencia. Promueve antivalores, fragmenta el tejido social estimulando la conflictividad entre quienes lo conforman, hostiga a la población o la somete a sistemas de dependencia y control, y fomenta respuestas negativas en la colectividad desde la exclusión, la desconfianza y la violencia.

Esto lo vemos manifestado en acciones como la regulación forzada de precios en supermercados e industrias por el Sundee, en los que se criminaliza al sector privado y se estimula la conflictividad, generándose actos de vandalismo y saqueo, o en la forma de programas CLAP o Carnet de la Patria, que instrumentalizan el hambre y la carencia para controlar, someter o imponer relaciones clientelares desde el Estado a la población.

La política del colapso y el caos también se evidencia en la alteración o eliminación de dinámicas sociales, como la coaptación que el régimen hace de vías electorales, o la obstaculización que aplica a la distribución y uso del efectivo, al acceso a alimentos, medicinas, bienes de primera necesidad o servicios públicos. Trastoca así formas de comportamiento, de relación y de vida esenciales para el funcionamiento de cualquier sociedad.

El ánimo nacional producto de esta política es de duda, miedo, incertidumbre, rabia, impotencia o perplejidad. Se vive en la constante tensión de sucumbir ante lo inmediato, de incomprensión y desasosiego frente a lo que sucede, y de incertidumbre y pesimismo por lo que vendrá. Se desconfía del otro y se anteponen necesidades particulares en formas que pueden vulnerar principios morales y humanos.

En este contexto, desde el liderazgo político y social debemos considerar con la mayor importancia esta política de colapso y caos, en orden de caracterizar correctamente al régimen que la implementa y establecer estrategias y acciones efectivas ante él. Con igual importancia y prioridad, debemos reconocer los efectos que tiene en la vida de los venezolanos para generar y asistir a iniciativas que puedan resistirla y revertirla.

Es imperante reconocer que en crisis de esta magnitud y contundencia son sacudidos los aspectos más profundos de nuestro ser. Se cuestionan nuestras capacidades y la validez de nuestros principios. Se nos confronta con lo que somos de manera directa y muchas veces traumática, visibilizando nuestras facetas más cuestionables o nuestras debilidades y falencias.

Precisamente por ello, la resistencia y la superación de estas crisis sólo puede darse en la medida que se reconozca la importancia fundamental de valores que se oponen a ella, como el encuentro, el reconocimiento, la solidaridad o la resiliencia. Y deben reconocerse no como ideas abstractas o conceptos vacíos, sino para asumirse como herramienta y base en la materialización de acciones concretas de alivio y transformación.

En nuestro trabajo en los últimos 10 años en las comunidades de Libertador hemos vivido experiencias que así nos lo han demostrado. A través de la organización, la participación y el empoderamiento local, la articulación de redes de apoyo, e involucrando a diversos sectores sociales entre sí.

De esta forma hemos implementado programas como Alimenta la Solidaridad, Red de Atención a la Víctima o Monitor de Víctimas que abordan graves problemas como los de la violencia y el hambre. Quienes participan en estos programas y los hacen posibles, no son héroes, próceres o “elegidos”. Son madres, estudiantes, líderes comunales, empresarios, vecinos. Gente, que enfrenta a las necesidades desde los principios de la convivencia y humanidad. Tanto su esfuerzo como su compromiso a estos valores, materializan logros concretos: el almuerzo para un niño, la atención a una víctima de la violencia o el establecimiento de una alianza de provecho y desarrollo entre una comunidad y un ente privado.

El afianzamiento del régimen dictatorial de Nicolás Maduro va a escalar la política de colapso y caos, por lo que empeorará la actual crisis que estamos viviendo. Frente a esto debemos generar condiciones para el encuentro, el apoyo y la solidaridad, que nos permitan resistir y superar los embates de la tiranía contra nuestro modo de vida y los principios de nuestra humanidad. Esto será determinante para construir una alternativa que nos involucre a todos y permita despojar del poder a quienes hoy buscan la destrucción del país y el sometimiento de los venezolanos.