Al final de una reunión de trabajo, una de nuestras compañeras anuncia que ha concluido con éxito los preparativos para estudiar una maestría en el extranjero. Todos tenemos sentimientos encontrados: le deseamos lo mejor en esta nueva etapa de su vida y al mismo tiempo sentimos pesar al despedirnos de una persona a quien apreciamos entrañablemente. Hablamos del tema de la migración, y cada quien tiene un familiar o amigo que se ha ido o se irá del país. La inmensa mayoría son jóvenes: profesionales, recién graduados, e incluso estudiantes que no han terminado sus estudios superiores.

Es una muestra del fenómeno migratorio que se ha producido en Venezuela, y que ha tenido un repunte sustancial en los últimos años del régimen madurista. La crisis general y la imposición de un modelo dictatorial han deteriorado profundamente las condiciones de vida. Ante la terrible situación interna, la población joven, profesional o estudiantil, sólo ve posibilidades de desarrollo y futuro en el exterior.

Según datos de la UCAB, ya para comienzos de 2016, el 53% de los jóvenes venezolanos menores de 30 años, tenían como proyecto inmediato emigrar. Tanto las repercusiones de la crisis como la deriva dictatorial del actual régimen, representan razones de peso para embarcarse en un proyecto migratorio que, aunque difícil y riesgoso en algunos casos, pueda satisfacer las aspiraciones de una vida mejor.

Venezuela vive un complejo momento histórico. Se han profundizado problemas como la fragmentación social y las desigualdades económicas o resurgido taras que creíamos superadas como el militarismo. El sistema democrático ha sido violentado por un modelo dictatorial, de confrontación y empobrecimiento, que no duda en utilizar la violencia en la obtención y preservación del poder. En este sentido es necesario preguntarse cuál puede ser el papel de la actual generación de venezolanos (aquellos que aún no superan los 30 años, entre los que me cuento) en este contexto.

Es paradójico que la misma crisis que estamos atravesando, y que conmueve todos los estratos de nuestra sociedad, genera también las condiciones para que las nuevas generaciones tengan un papel protagónico y significativo. Presenta un espacio necesitado de producir cambios y transformaciones, con nuevas perspectivas y energías pero asumiendo la historia transcurrida y las experiencias pasadas.

Creo que nos toca abordar este tiempo crítico con la conciencia de que nuestro proyecto de vida deberá, de una forma u otra y en la medida de nuestras posibilidades, contribuir con una gran tarea de rescate nacional. Esto implicará recuperar el Estado democrático de manos del régimen que lo ha secuestrado y generar un proyecto de país inclusivo y diverso. Capaz de comprometernos a todos los venezolanos en el camino de la reconstrucción, el desarrollo y la convivencia. Esto no desde falsos optimismos e inmediateces, sino desde una toma de conciencia profunda y veraz de nuestras capacidades, necesidades y aspiraciones, asumiendo un compromiso con nuestro futuro.

Al respecto, nuestra generación se ha manifestado en diversos ámbitos de la vida nacional. Desde nuevas caras en el liderazgo político y social, hasta emprendedores en las áreas económicas y productivas, pasando por nuevas figuras en el panorama cultural. Todos vienen interviniendo en la realidad desde sus espacios particulares, aportando en lo inmediato y generando diversas posibilidades a futuro. Pensemos, por ejemplo, en la generación del 28, cuyos integrantes, y las visiones de país que estos produjeron, determinaron significativamente los procesos sociales de los años siguientes y concluyeron, en 1958, con la instauración de la democracia en el país.

Estos aportes pueden producirse en diversas y variadas condiciones. En el caso de nuestra compañera, a pesar de que se va del país, expresa el compromiso de seguir trabajando con Alimenta la Solidaridad y el Movimiento Mi Convive, colaborando desde el exterior. Como ella, muchísimos venezolanos continúan participando en la solución de los problemas de Venezuela, a través de actividades y proyectos o denunciando e informando sobre nuestra situación.

Aunque la salida de capital humano compromete la capacidad de Venezuela de renovarse, puede ser aprovechada para ampliar nuestra presencia en el mundo, difundir la verdad sobre lo que nos pasa, y generar vínculos y experiencias que luego pueden ser aprovechadas y reproducidas en el país. En mi caso particular ha sido así: luego de concluir un master en Políticas Públicas, retorné a Venezuela a continuar mi proyecto social y político de convivencia. Muchos de los colaboradores que trabajan con nosotros en diversas áreas, han tenido la misma experiencia.

Nuestra compañera partirá a finales de año y, en su mirada, podemos ver la las expectativas frente a las experiencias por venir y la preocupación por familiares y amigos que se quedan. Una mirada como la de millares de jóvenes en el país frente a esta nueva experiencia migratoria. Este es uno de los tantos retos que nos ha tocado vivir en este momento histórico. Y en ese sentido, nuestra generación será definida por las decisiones que tome y el papel que escoja tomar.

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