Cuando mi abuelo, Alfredo Guinand, tenía 9 años, su madre lo mando a buscar unos anteojos en casa de una prima en Sarría. Salió en autobús, él solito, y regresó sin problema a las 7 de la noche. Ya en su adolescencia jugaba béisbol en campos distribuidos por toda la ciudad, con compañeros de todas las proveniencias; y sería en el campo de San Agustín donde logró su hazaña deportiva más importante: un jonrón de huequito o de piernas. Mi abuelo me cuenta que, entre los jugadores, había camaradería y juego limpio.

Ya de adulto, con solo cinco meses de salario, después de graduarse de ingeniero en la UCV, mi abuelo pudo comprarse un carro.

Me cuenta que vio con sus propios ojos cómo Venezuela era referencia mundial al controlar enfermedades como la malaria en tiempo récord.

En el ejercicio de su profesión de ingeniero, mi abuelo fue testigo de que en la construcción había solidaridad entre obreros, sus sindicatos, los empresarios y las cámaras de construcción. Se reconocían mutuamente y todos comprendían que no podía haber empresa exitosa con obreros descontentos, ni trabajo digno sin empresas prósperas. Había muchos problemas, pero también un sentido compartido de nación y que solo tendrían solución con el concurso de todos.

Caracas era una ciudad caminable, de oportunidades, una ciudad segura. El único riesgo al salir de noche era que dieras un golpe en la cabeza por haber tomado unos tragos de más.

Pasaron los años. Mi abuelo se hizo un hombre mayor. Y esta semana le leí una referencia de una novela escrita en 1961 que inspiró una de las películas de James Bond, donde uno de los personajes se plantea cambiar sus libras esterlinas por “francos suizos y bolívares venezolanos, que son las monedas más sólidas del mundo”. Esa era la idea que se tenía de nuestra moneda, esa que en este momento vale menos que cuando empezamos este evento.

¿Qué nos pasó? El sistema se hizo insostenible, perdimos el sentido de que somos una misma gente y quienes menos tenían pagaron la cuenta más cara.

La tragedia que vivimos en Venezuela queda evidenciada en imágenes que se nos clavan como una daga en el corazón. Una madre dando a luz en un pasillo. Un niño que hurga en la basura para conseguir algo de comer. Un joven asesinado por una bala del Estado. Una familia desgarrada, que llora por no poder compartir juntos estas navidades.

La solidaridad, la convivencia y la organización fueron sustituidas por la corrupción, la violencia y el sometimiento.

Yo sueño con una Venezuela donde se desarrolle una empresa de tecnología que compita en todo el mundo; y que la fundadora de esa empresa mundialmente exitosa sea una chama nacida en la Cota 905.

Yo sueño con un país donde el mejor estudiante del Colegio San Ignacio decida ser maestro en una escuela pública.

Yo sueño con una ciudad donde un ministro tenga que pagar su multa por haberse comido la luz roja de un semáforo.

Muchos dirán que estoy loco, que eso es imposible. Pero ¿no fue Venezuela el país que acogió a cientos de miles que buscaban un mejor futuro? Para muestra un botón: mis abuelos Patiño vinieron de Costa Rica y aquí se quedaron. Nunca más se fueron.

¿No fue Caracas esa ciudad segura y fraternal que me cuenta mi abuelo?

Venezuela es el país de Rafael Reif quien nació en Maracaibo, estudió en la Universidad de Carabobo y es hoy el Presidente del MIT: una de las mejores universidades del mundo.

Venezuela es el país de deportistas de talla mundial como Deyna Castellanos y José Altuve, que hace días ganó la serie mundial y el premio al jugador más valioso del béisbol.

Venezuela es el país de emprendedores como Moreno y Carolina Herrera, que han conquistado mercados en el mundo.

Somos el país de la mundialmente reconocida orquesta sinfónica Simón Bolívar y de cientos de miles de venezolanos que luchan todos los días aquí y en todo el planeta.

Caracas es la ciudad donde Yusbel, donde Alba, donde Chepa, donde Yusbely y cientos de madres trabajan voluntariamente porque los chamos más vulnerables de sus comunidades tengan un almuerzo todos los días en los comedores de Alimenta La Solidaridad

Caracas es la ciudad donde vemos historias de superación como la de Miguelón, como la de Jonathan, que abandonan vicios y malas conductas para convertirse en ejemplos dignos para los jóvenes de su comunidad, en los principales orgullos de Caracas Mi Convive.

Caracas la ciudad donde vemos historias de resiliencia, como Elizabeth, Aracelis, que habiendo perdido un hijo no optaron por la venganza sino que apostaron por el perdón y por el servicio a los demás.

Estoy convencido que el cambio lo construimos entre todos. Solo nosotros podemos ser los protagonistas de la construcción de ese futuro que podemos visualizar juntos. Tengo la esperanza de que podemos lograrlo.

Hay quienes dicen que la historia se repite. Yo no soy supersticioso. Pero, mi abuelo Alfredo, que hoy nos acompaña a sus 90 años, tenía 30 años cuando cayó la dictadura de Pérez Jiménez. Y 30 años es la edad que cumplirá este, su nieto que les habla, el año que viene: el año que podemos construir el cambio para Venezuela.