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El año se inicia en un cargado contexto de protestas y saqueos por el hambre y la crisis hiperinflacionaria. Es el contexto en el que se produce el asesinato de Alexandra Canopoi, la joven embarazada que al protestar por la falta de entrega de perniles el 31 de diciembre, recibió un disparo de un efectivo de la GN. Y se continua, al momento de escribir estas líneas, en los saqueos y disturbios que se suceden en Ciudad Guayana, Trujillo, Cumaná, Barcelona o Calabozo.

Es el contexto en el que el gobierno reedita la fórmula del “Dakazo” en diferentes cadenas de supermercados del país y funcionarios del SUNDEE bajan precios a los productos, causando situaciones de conflictividad y alteración del orden público, que en algunos casos degeneran en los llamados “saqueos controlados”. La narrativa oficial presenta estas medidas como acciones fulminantes para atacar la especulación, el desabastecimiento provocado y los ataques económicos contra el pueblo y la revolución, al igual que lo hizo en la crisis que, en diciembre, se desató con la falta de entrega de cajas y perniles prometidos por el CLAP. De nuevo se han sucedido acusaciones gubernamentales a grupos económicos, políticos y sociales, así como a gobiernos extranjeros. También han vuelto a producirse polémicas y discusiones en la opinión pública acerca del comportamiento de las personas en estos sucesos, en las que abundan insultos y desvalorizaciones.

Este contexto de hambre y empobrecimiento, de fragmentación social y violencia, de convulsión y conflictividad, es promovido por el régimen de Nicolás Maduro. Con la intención de imponerse por sobre el descontento y el rechazo general, su gobierno libra una guerra en contra de los venezolanos, para oprimir y someter al país. Como un ejército de ocupación, utiliza para ello herramientas de represión, hostigamiento, propaganda, chantaje y control social, para subyugar y volver dependiente del Estado a la población.

Y una de estas herramientas es el hambre.

Es fundamental que entendamos la escala y las consecuencias devastadoras que implica este uso de la crisis alimentaria como instrumento de opresión. Su implementación compromete, de una manera u otra, a mayor o menor nivel, las condiciones de vida de todos venezolanos, perturbando los aspectos más básicos de la convivencia, con secuelas en el corto, mediano y largo plazo. En grupos vulnerables de la población como los niños y jóvenes, produce daños irreparables en procesos de crecimiento, desarrollo y aprendizaje. En lo físico y mental, en los ámbitos individuales y colectivos, genera situaciones extremas en las que principios morales y éticos entran en conflicto con las necesidades de supervivencia y auto preservación más básicas.

Es necesaria la toma de conciencia sobre esta realidad y la construcción de una respuesta que contrarreste la instrumentalización, criminal y destructiva, que el régimen hace de la tragedia del hambre. En este sentido hemos llevado a cabo el programa de Alimenta la Solidaridad en el municipio Libertador de acuerdo a una visión y principios que no solo se oponen a las de régimen, sino que proponen de manera prioritaria establecer condiciones para el encuentro real de las personas y estimular la reconstrucción del tejido social del país.

Alimenta la Solidaridad funciona en tres ejes principales:

-Brindar un alivio a la problemática del hambre dirigiéndose principalmente a la población infantil, estableciendo un comedor comunitario que brinde un almuerzo diario.

-Generar la participación, organización y empoderamiento local: miembros de la comunidad (madres, vecinos, organizaciones) son parte integral de la logística y mantenimiento de los comedores, desarrollándose, de manera simultánea, talleres de capacitación y encuentros culturales, entre otras actividades.

-Articular redes de apoyo a partir de organizaciones sociales, entes privados y voluntariado, que vinculen a las comunidades entre sí y con otros grupos sociales.

Los resultados del programa se reflejan en casi un millar de niños beneficiados en comunidades de Municipio Libertador, así como el surgimiento de nuevos comedores que se han sumado a la iniciativa en otras partes de Caracas y el interior del país o con los que hemos compartido conocimiento para reproducir el modelo en diferentes comunidades. Estos resultados contrastan con las producidos por la estrategia del régimen: recrudecimiento de la conflictividad social, proliferación de episodios de saqueo y vandalismo, cierre de empresas y quiebre de cadenas de distribución de alimentos, deterioro acelerado de las condiciones de vida y profundización de la fragmentación social.

El uso del hambre se materializa en venezolanos enfrentados entre sí, en venezolanos sin esperanza de futuro o desesperados ante la imposibilidad de acceder a alimentos. Venezolanos que, en los casos más extremos, comen de la basura y, siendo apenas niños, mueren por desnutrición. Como sociedad, debemos señalarlo y denunciarlo como el crimen que es, reaccionando no desde la violencia, el egoísmo o la exclusión, sino desde la convivencia, la solidaridad y el encuentro.