La crisis alimentaria es uno de los problemas más graves que atraviesan los venezolanos. Nos afecta en todos los niveles y la vivimos en todo momento. Es la persona que come de la basura. Son las madres y padres cuyos ingresos no alcanzan para comprar los productos básicos y sacrifican hasta dos comidas al día para que sus hijos puedan alimentarse. Son sueldos completos y horas de búsqueda de grupos familiares enteros dedicados sólo a conseguir lo justo para sobrevivir. Son muchachos que se desmayan en las aulas y bebés que fallecen por deficiencias nutricionales.

El régimen dictatorial de Nicolás Maduro ha propiciado esta tragedia y la ha utilizado como herramienta de opresión, chantaje y manipulación. Con sistemas oprobiosos como los CLAPs, hostiga y somete a sectores de la población. La amenaza de excluir del repartimiento de comida a quienes no participasen en el fraude constituyente fue, quizá, una de las maniobras de mayor bajeza moral empleadas por el régimen, y continúa siendo un mecanismo de presión en diferentes comunidades del país. Los voceros del régimen la niegan en foros internacionales y espacios mediáticos, pero el hambre, y la exigencia popular a solucionarla, ha sido parte importante del reclamo expresado en las más de 4000 protestas multitudinarias sucedidas desde abril. Según datos manejados por el Observatorio Nacional de Conflictividad, en ese mismo tiempo se han producido más de 400 saqueos, muchos de ellos ligados a este problema.

Pero en mi experiencia, el drama que es la crisis alimentaria también ha sido, paradójicamente, el contexto en el que, para enfrentarlo, he visto expresado lo mejor de nosotros y reconocido el enorme potencial transformador de nuestra gente.

En julio del año pasado comenzamos nuestro programa Alimenta La Solidaridad. En la labor que veníamos realizando en pro de la convivencia en el Municipio Libertador se hizo cada vez más evidente, en testimonios de líderes locales y vecinos, la gravedad que iba alcanzando el problema de la comida. Cada vez más, llegaban a nuestras actividades niños pidiendo alimentos. Recuerdo especialmente un cine al aire libre en el que una niña llamada Fabiola, de 7 años, vino caminando sola por la calle a pedirnos de comer. Tenía más de un día sin probar bocado.

En principio comenzamos con la a realización de sancochos comunales y luego estructuramos un programa de almuerzos diarios. Desde un primer momento la respuesta de las comunidades fue inmediata y efectiva. El programa no es asistencial, sino de corresponsabilidad: funcionaría en la medida en que hubiese una participación y organización de las personas. Esto se dio de inmediato en el reconocimiento de una necesidad común y en la posibilidad de aliviarla desde el esfuerzo de los mismos afectados. En el sector de Carapita, por ejemplo, el comedor funciona en la casa de los mismos vecinos y en La Isla, en La Vega, un terraplén fue adaptado por integrantes de la comunidad acondicionando ese espacio público. La implementación del programa se da porque la comunidad prepara la comida, y genera el sistema de distribución, reconociendo y atendiendo a los casos más necesitados y vulnerables. Empezamos en Las Casitas, en La Vega, con 40 niños y hoy el programa da almuerzos cinco días a la semana a casi 800 niños en nueve comunidades del Municipio Libertador.

Que un niño reciba un plato de comida en el marco de un esfuerzo conjunto y solidario de su entorno familiar y comunitario, significa la instauración de valores indispensables para la formación de su humanidad. Valores encarnados en quienes preparan los alimentos y realizan la logística del plan, empoderados efectivamente en la transformación de su realidad. Valores que están presentes también en quienes apoyan al programa. Más de 3000 personas contribuyen con Alimenta la Solidaridad, entre donadores de insumos, organizaciones religiosas, sociales y civiles que prestan espacios y asesoría, así como voluntarios y pequeños empresarios.

El programa empodera a las madres, que participan en distintas etapas del proceso. Se resalta la no discriminación por posición política y en él conviven personas de diferentes tendencias. Apoya a la formación de los niños con actividades, luego de la comida, de canto y pintura. Los padres firman un compromiso para mantener la asistencia de los niños a la escuela y participan en recuperación de espacios públicos. Así, en Alimenta la Solidaridad, son tan beneficiarios el niño que come, como quienes preparan esa comida y quienes apoyan desde sus ámbitos particulares a esta iniciativa.

Que un programa de estas características se dé, sea afectivo, e involucre activamente tanto a quienes son las personas más afectadas directamente como a quienes lo apoyan desde diversos sectores de la sociedad, no puede verse ya como un milagro sino como la expresión de una verdad. La muestra de una Venezuela que puede aplicar nuevas maneras de enfrentar la crisis y dar solución a sus problemas con la participación y organización de las personas, transformando su realidad en base a necesidades y aspiraciones comunes. Una manera que debe permear los estamentos de la política y modificar estructuras de gobierno y Estado, al plantear la toma de conciencia sobre nuestras dificultades y la puesta en práctica de soluciones surgidas desde la convivencia y el involucramiento de todos.

En un año es mucho lo que ha pasado en el país. El régimen se ha terminado de revelar como una dictadura, y su modelo corrupto y destructivo ha agravado el hambre y la violencia. Para salir de la crisis y restituir la democracia enfrentamos retos existenciales y enormes dificultades que repercuten en todas las instancias de nuestra vida. Pero en este año también he vivido la experiencia de desarrollar con las comunidades del Municipio Libertador un programa como Alimenta la Solidaridad y ver su impacto en todos los que participamos en él. Desde allí surgen mi esperanza y fuerza para resistir y la propuesta de un camino de resiliencia y superación para el logro de cambios en Venezuela.